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La Taza Rota: la constante sensación de «fallar» en la maternidad

¿El instinto materno existe? Y si existe, ¿qué condiciones necesita para aparecer? ¿Es la maternidad “adecuada” un lujo? ¿Es la vida saludable un lujo?

Lamentablemente, pareciera que sí. Vivimos en un mundo donde las condiciones psicosociales son muy distintas para cada madre. Muchas madres, con uno o más niños, se encuentran con muchas exigencias y con poco o sin sostenimiento social y económico. Es difícil pensar que en ese escenario y estrés diario pueda nacer algo “instintivo”, suave y amoroso.

Desde luego la humanidad siempre nos sorprende con sus posibilidades. Sin embargo frente a esas dificultades, nosotras las madres, vivimos la maternidad con culpa, mucha culpa. Y como sociedad no hemos sido capaces de ver que esa culpa tiene que ver con que «las madres» hemos sido abandonadas por este sistema individualista. Quizás no abandonadas, pero maternar así es llevado al limite de lo imposible…

Entonces surge la pregunta, ¿Qué se necesita para maternar? Una cultura contenedora, nutricia, de encuentro y colaboración, donde la madre se sienta cuidada y validada, donde se ponga el acento en lo emocional y no en el hacer.

¿Y dónde está nuestro instinto? lleva siglos siendo silenciado al ser descalificado lo femenino: el sentir y lo subjetivo, castigando lo intuitivo y nuestro erotismo, ocultando y denigrando nuestros ciclos hormonales.

Entonces entramos casi en una paradoja: ¿podemos dar lo que no recibimos o lo que nos fue arrebatado?

En ese lugar complejo estamos las madres, intentando llenar con una taza rota la taza de nuestros hijos: sin pausas, sin descansos, llenas de exigencias y culpas.

Y entonces escondemos nuestra taza rota, porque en este juego de la «maternidad perfecta e ideal» (con reglas ajenas a lo femenino) pareciera que sólo yo estoy fallando….

«Mala madre» pienso una y otra vez…lo que no hice, lo que hice, lo que debería hacer, lo que los otros esperan de mi y no estoy logrando. Entonces empiezo a enfrentarme a mis propios paradigmas y a los juicios familiares y culturales… ¿Es así cómo quiero ser madre? Porque a veces lo que pensábamos que nos resultaría de una forma, al encontrarnos con nuestro hij@ lo hacemos de otra…¿ cuál es la correcta entonces? ¿Está bien cómo lo estoy haciendo?

Y sueño y me pregunto ¿qué pasaría si, más que buscar respuestas y recetas externas frente a maternidad, el mundo nos permitiera a nosotras las madres detenernos y maternar?

Que se generara un sostén social que cuidara este encuentro madre- bebé. Entonces tal vez ahí podría emerger el «instinto» pero entendiéndolo como una «conexión» entre dos, en dónde la madre empieza a ver a su bebé y comienza a actuar desde las necesidades que va percibiendo, desde las posibilidades que va teniendo, en una construcción mutua de relación, más que una decisión que venga solo desde ella. Una respuesta que se va co- construyendo y que muchas veces sorprende o genera dudas porque nunca se pensó que se actuaría de esa manera …

Y en ese sorprenderse aparecen los espejos que llevan a esa madre a mirarse y reconocerse desde este nuevo lugar, un lugar a veces tan ajeno y otras tan propio. Un lugar donde aparecen los juicios, dudas, cuestionamientos y también profundas certezas que entran como ráfagas que se intentan sostener. Un lugar que se co-construye, por lo tanto está vivo, en movimiento, nunca fijo. Porque esa madre siempre está siendo, en esa danza de búsquedas y encuentros con su propia maternidad.

Y desde este sueño, es posible vernos enteras, con aciertos y fallas, pero también con miles de posibilidades de reparar, recordando que en los vínculos no se busca la perfección sino la posibilidad del reencuentro… tomemos esta reflexión como una invitación a soñar y aventurarnos a pensar como una realidad posible la maternidad desde este nuevo prisma más compasivo con nosotras misma. Y así cambiar… cambiar el mundo.

Artículo escrito en forma colaborativa por

  • Dra. Mariana Hepp
  • Ps. Marzia Jabbaz
  • Ps. Pilar Rochet
  • Ps. Amparo Izquierdo

Foto del arte Kintsugi, de Motoki Tonn en Unsplash

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