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¿Quién ve a las madres que acompañan y cuidan a un hij@ hospitalizad@?

Nadie las ve. Son invisibles, son las “mamitas”. Un conglomerado de mujeres sin rostro ni voz, intentando contener sus propios llantos y miedos para poder contener el de sus hij@s.

“Llámame por mi verdadero nombre”

A ti, que atiendes a mi hij@ durante este hospitalización, te doy las gracias por cuidarlo, pero también necesito decirte que cuando me hablas y me dices “mamita” me vuelves invisible, me despersonalizas; me conviertes en un rol al servicio de otr@s, sin deseos ni necesidades propias.

La ausencia de mi nombre a ti te protege, pero a mí me destruye, me apena y me enrabia, pero una rabia que muchas veces no me atrevo a mostrar por miedo a que, por culpa mía, descuiden a mi hij@. ¿Habrá miedo más grande que ése?

Como madre estoy en una paradoja, al ser “mamita” me vuelvo invisible, no puedo pedir ni exigir nada porque no existo. Si alego y pido explicaciones de las atenciones a mi hij@, ya no soy “mamita”, sino la “loca”, “histérica” o “rara”. No hay salida. No tengo nombre.

Cuando me llamas “mamita” me vuelves pequeña e inútil, sentimiento  aumentado si me culpas  por no consultar antes. No me confundas con indicaciones contradictorias, que ya me siento tremendamente vulnerable e insegura. No olvides que cuando me vaya de aquí, seré yo la que quedaré al cuidado de mi hij@ y necesita una madre segura que confíe en sí misma.n

No te culpo, de verdad que no. Entiendo que mi invisibilzación es también la tuya al ser parte de un sistema de salud abusivo con sus pacientes, pero sobretodo con sus funcionarios, donde tienes que aguantar largos turnos, malos tratos, tratos jerárquicos y sentirte parte de una máquina donde lo que importa es la cantidad más que la calidad… Pero pese a eso, te pidon

Llámeme por mi verdadero nombre. Así me siento vista, pudiendo acompañar y contener mejor a mi hij@ que, por su edad, sólo tiene el llanto para expresar la confusión que siente frente a esta experiencia que lo supera.n

Llámame por mi verdadero nombre. No te pido que te lo sepas de memoria, puede estar escrito al lado de la cuna o camilla de mi hij@, pero al buscarlo con tus ojos y nombrarme, sé que importo, que me ves y me vuelves persona.n

Llámame por mi verdadero nombre. Así puedo reconocerme como parte de un linaje familiar donde otras mujeres, madre, tías y abuelas han sufrido dolores parecidos y así no me siento tan sola y puedo anclar esta experiencia en mi historia familiar.n

Llámeme por mi verdadero nombre. Porque lo que va a determinar el significado de esta experiencia no van a ser los hechos en sí, sino cómo nos sentimos acompañad@s mientras éstos sucedieron… Así de importante eres, en nuestra historia.

– Nombre del artículo inspirado en el poema “Llámame por mis verdaderos nombres”, de Thich Nhat Hahn.

Por Marzia Jabbaz Zuffi, psicóloga.

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