Ps. Marzia Jabbaz Zuffi
Varias personas estos días nos hemos conmovido con Punch, un pequeño mono (rechazado al nacer por su madre), que arrastra un mono de peluche al que abraza, sobre el que se acuesta y en el que encuentra consuelo frente a la soledad que experimenta. A todos nos conmueve su soledad y su necesidad de afecto. Es frente a la ausencia materna que lo visibilizamos… Pienso en esa madre mona, ¿qué habrá vivido para rechazar? ¿Cuánto estrés experimentará al vivir en un zoológico que no se parece mucho a su entorno natural?
Curiosamente, cuando esta madre mona está en óptimas condiciones para criar, su cuidado se vuelve invisible a nuestros ojos.
Así también sucede, muchas veces, con las mujeres cuando ejercemos funciones de cuidado: nos volvemos invisibles. Mujeres cuidadoras de hij@s, padres, herman@s y esposos; como también es invisible el cuidado en trabajos remunerados: trabajadoras de casa particulares, enfermeras y técnicas, también de profesoras y educadoras de párvulos
La sociedad patriarcal da por garantizados que esos cuidados están a cargo de las mujeres, pero el mundo moderno, con toda su modernidad y tecnología, sólo funciona gracias a nosotras.
Y, de la misma manera que la madre de Punch sufre estrés, nosotras también lo hacemos, porque, aunque a veces lo olvidamos, somos mamíferas: no estamos programadas para estar solas a cargo de un bebé, ni para estar encerradas sin ver luz ni naturaleza, ni para ejercer esa función de cuidado estresadas por perder ingresos económicos. Pero si nos sentimos mal o nos quejamos, pensamos que somos “malas y egoístas”; a veces no hay espacio interno para mostrarnos/mostrar ese dolor y vulnerabilidad porque debiera tener que poder con todo, “porque soy una mujer independiente y autónoma”.
Por eso es tan importante recordar que no tiene que ver con “no podérsela”, sino que como especie requerimos de los otros: toda persona cansada, trasnochada y con fuertes emociones de pena, miedo y frustración requiere la presencia de un otro/a para tener contención y poder regularse, que sólo estando yo regulada puedo cuidar bien a otros.
Por la importancia de esto, hoy 8M, queremos detenernos para visibilizar que los cuidados de todo tipo deben ser vistos y valorados no solo ante su ausencia, sino también en su ejercicio. Las cuidadoras, en su mayoría mujeres, para poder cuidar, requerimos ser cuidadas por una sociedad a nivel macro (la ley es un comienzo), pero también por nuestras familias, amistades y entornos de trabajo. Y una manera de hacerlo es intencionando, en esos entornos, conversaciones sobre cómo se distribuirán las tareas de la casa, el cuidado y el traslado de otras personas a su cargo (por ejemplo, más hijos); la redistribución de cuentas y responsabilidades económicas mientras la mujer esté ejerciendo tareas o trabajo de cuidados hacia otr@s.
Porque en una sociedad en la que no se cuidan los indefensos y sus cuidadoras, tod@s, sin saberlo, nos convertimos en Punch: seres vulnerables y a la deriva, desprotegidos y angustiados por encontrar un cuerpo (aunque sea de peluche) que nos acompañe y sostenga…


